Sobre Mí

Mi historia con Japón
y el motivo de esta web.

2019 – La llamada

Hay historias que no empiezan con un plan, sino con la ausencia de uno. La mía con Japón fue así. En 2019 venía de cerrar una relación larga, con viajes a Europa y al Sudeste Asiático a las espaldas, y el verano se me echó encima sin idea de qué hacer. Mis planes habituales se habían roto y los que tenía alrededor no encajaban. Hubo un momento en que asumí que no iba a viajar ese año.

Entonces conocí a alguien en el momento justo. No creo en las casualidades. Esa persona me soltó una frase que aún recuerdo literal: “viaja solo, hazlo, yo lo he hecho muchas veces y ha sido una experiencia increíble”. Le di vueltas durante días y al final me convenció. Decidí repetir Tailandia, esta vez solo. Ya conocía el país, me parecía asumible, no tenía que enfrentarme a lo desconocido y a viajar solo al mismo tiempo.

Empecé a mirar vuelos. Y entonces, sin saber por qué, escribí “Japón” en el buscador.

Se me eriza la piel al recordarlo. En aquel momento no conocía apenas nada del país. No me gustaban los animes, no había visto cine japonés, no sabía nada más allá de cuatro cosas sueltas: que existieron unos guerreros llamados samuráis, que vivían bajo un código (bushido) de lealtad, disciplina y esfuerzo, que el país se teñía de rojo en otoño (momiji, los arces cambiando de color) y de rosa en primavera (sakura, la floración de los cerezos), y que era una isla lejana, más lejana aún que el Sudeste Asiático. Poco más.

No sé de dónde vino el impulso. Solo sé que le di a comprar.

Así nació mi primer viaje a Japón. Septiembre de 2019, diez días.
Fushimi Inari Taisha de noche en Kioto
Vista aérea de la costa de Japón desde el avión
Torre Kobe Port iluminada de rojo por la noche en Japón
Carlos frente al Gran Buda de Kamakura durante su estancia en Japón

El primer viaje

Era mi primera vez en un avión solo y llevaba semanas imaginando el momento. Cuando por fin llegó, se hizo raro de verdad: doce horas por delante, diez mil kilómetros, y al otro lado del mapa un país del que apenas sabía nada. No era mi primera vez en Asia, así que aterricé esperando algo parecido a lo que ya conocía pero con más tecnología, y me equivoqué bastante.

Lo que encontré no se parecía a nada. Me impresionó la limpieza de las calles, el silencio absurdo de un metro lleno en hora punta, la manera en que los templos aparecían encajados entre rascacielos como si llevaran allí siempre, y sobre todo la actitud de la gente, que se paraba a ayudarte aunque no entendiera lo que le estabas preguntando. Eran detalles pequeños que sumados te iban cambiando el chip poco a poco.

Los diez días se llenaron rápido. Me bajé una app de intercambio de idioma y acabé haciendo amigos japoneses de verdad, con los que todavía sigo en contacto años después. Visité santuarios y templos sin método, siguiendo más la intuición que la guía. Recorrí Tokio, Kioto, Osaka, Nara, Kobe y Himeji. Y en algún punto del viaje, sin saber cuándo exactamente, ese sitio dejó de resultarme extraño. No sé describirlo mejor que así. Simplemente me encontraba bien allí, como si llevara mucho más tiempo del que en realidad llevaba.

Lo que terminó de atraparme fue la noche. En Barcelona no se me ocurriría volver a las tres de la madrugada con una cámara profesional colgada del cuello, pero en Japón lo hacía sin pensarlo, en cualquier barrio, cualquier día. La gente dejaba el móvil y la cartera sobre la mesa de un izakaya, iba al baño, y todo seguía ahí cuando volvía. Y sin embargo lo que más me marcó no fue esa seguridad material, fue otra cosa: poder caminar solo por calles vacías a cualquier hora sin estar pendiente de nada, sin el mecanismo de alerta que uno lleva puesto en Europa sin darse cuenta.

Y luego está lo otro, lo que ya no se puede explicar con seguridad ciudadana. La noche en Japón tiene algo. Sobre todo en zonas apartadas y en santuarios de montaña, donde según el folclore sintoísta se manifiestan los kami, los espíritus que habitan la naturaleza en árboles centenarios, cascadas o montañas enteras. Una de esas noches subí solo al santuario de Fushimi Inari, en las afueras de Kioto, con una niebla tan densa que apenas se distinguían los torii unos de otros. Allí arriba viví una experiencia que me marcó para siempre. Es una historia que contaré con calma en el blog algún día.

Subí al avión de vuelta con una certeza: en 2020 volvía.

2020 – La pandemia

Volví de aquel primer viaje con el hype intacto y la cabeza ya en el siguiente. A finales de 2019 me apunté a clases de japonés con una idea concreta en mente: en el siguiente viaje quería poder hablar con la gente, moverme por zonas menos turísticas, no depender del inglés chapurreado de los carteles. Lo que no me esperaba es que ese siguiente viaje no iba a existir tal y como lo había imaginado.

Llegó el virus y paralizó el mundo. También mi plan.

Durante 2020 seguí estudiando sin parar, más por terquedad que por método. A medida que avanzaba con el idioma empecé a conectar con japoneses por redes sociales y a aprender de cada conversación que tenía con ellos. Fue ahí, durante el encierro, cuando pasó algo que ni yo me esperaba: cuanto más sabía del país, más lejos me parecía que estaba de entenderlo de verdad. Y en algún punto de esos meses empecé a plantearme algo que un año antes habría sonado absurdo. Si quería entender Japón, tenía que ir a vivir allí.

En 2021 la situación en España se había normalizado y yo tenía la decisión ya tomada en la cabeza. Me presenté al examen oficial de japonés, el JLPT N5, y lo aprobé. Ese pequeño logro me terminó de empujar al otro lado. Empecé los trámites para un visado de estudiante, pero Japón fue uno de los países que más tardó en abrir sus fronteras y me tocó esperar casi un año entero con los papeles en la mano. En 2022 por fin abrieron para estudiantes y trabajadores, aunque los turistas aún no podían entrar. Me fui con la idea de quedarme un año. Sin cerrarle la puerta a lo que viniera.
Globo terráqueo con mascarilla representando el impacto mundial del COVID-19

Viviendo en Japón 2022-2023

Calle residencial de Harajuku en Tokio
Tren de la línea Yamanote circulando por Tokio
Carlos frente a un santuario sintoísta en Tokio durante su etapa viviendo en Japón
Callejón de izakayas iluminado de noche en Tokio
Carlos visitando un santuario sintoísta en Tokio

Llegada y adaptación

Aterricé y el ambiente era prácticamente el mismo que había dejado en 2019, con la única diferencia de las mascarillas. En el resto del mundo ya se habían retirado casi del todo, pero los japoneses las mantuvieron puestas bastante más tiempo. Empecé viviendo en Shibuya y unos meses después me mudé a Toshima-ku, al lado de Ikebukuro, un barrio mucho menos turístico donde la vida diaria se sentía más real.

Las primeras semanas fueron una sucesión de trámites. Alta en el ayuntamiento del barrio, inscripción en el seguro nacional de salud (kokumin kenkō hoken), gestión de la My Number Card (el equivalente al DNI japonés, con el que se hace prácticamente todo allí). Papeleo de arriba a abajo que sobre el papel suena tedioso, pero que en realidad disfruté más de lo que imaginaba. Cada gestión era otra puerta que se abría, otra confirmación de que aquello no era un viaje más. Iba al ayuntamiento como quien entra a un sitio nuevo.

Luego vino la parte que de verdad me enganchó, la rutina. Descubrir a qué combini ir según la hora, qué supermercado tenía mejor sashimi justo antes del cierre con descuento, aprender a cocinar con ingredientes que no había usado en la vida, encontrar el izakaya de barrio al que volver siempre. Pequeñas cosas que el turista no llega a vivir porque se va demasiado pronto, y que a mí me cambiaron la percepción del país. Por las mañanas paseaba, fotografiaba y documentaba todo lo que veía. Por las tardes iba a la escuela de japonés. Algunos días, cuando el tiempo acompañaba, me iba andando a clase en vez de coger el tren. Dos horas caminando, barrios nuevos cada semana. Tokio es una ciudad que solo se revela caminando, no en metro, y lo que llegué a conocer de la ciudad a pie no lo habría visto nunca desde un andén.

Viví experiencias de todo tipo durante ese año. Espirituales en templos pequeños fuera del circuito habitual, donde no había nadie más que el encargado y yo. Frikis en Akihabara y Nakano Broadway. Tecnológicas en barrios donde sigues sin entender del todo dónde estás. Sociales en izakayas cenando con desconocidos que te invitan a probar lo que ellos están comiendo. Y alguna otra que da para otro capítulo entero: un día, sin querer, acabé en medio de una reunión de gente vinculada al mundo de la yakuza. Eso lo contaré cuando toque, en el blog.

Empecé a acompañar viajeros

Mientras me iba instalando, mis seguidores en redes iban creciendo poco a poco con el contenido que publicaba desde Japón. La gente me escribía preguntas constantemente. Cómo moverse, dónde alojarse, qué comer, qué zonas priorizar según los días que tuvieran. Llegó un punto en que responder lo mismo uno a uno por mensaje privado dejó de tener sentido. Tocaba darle forma.

Lancé una primera web y empecé a ayudar y acompañar a viajeros de habla española que llegaban a Japón. Al mes conseguí mi primera clienta. Al siguiente fueron dos. Al siguiente, cuatro. Así fue creciendo, sin estrategia de marketing ni publicidad, solo con contenido y boca a boca.

Acompañar a esos viajeros fue donde encajaron por primera vez todas las piezas. Llevarlos por Tokio, Kioto y Nara. Ayudarles a entender un menú en un sitio sin inglés. Enseñarles rincones que no aparecen en las guías. Ver sus caras cuando descubrían lo mismo que yo había descubierto tres años antes. Fue ahí donde entendí dos cosas a la vez: que esto se me daba bien, y que tenía un valor real para la otra persona.
Carlos con una clienta en la entrada de Tokyo Station durante un viaje en Japón
Carlos con una clienta en un espacio temático de Nintendo durante un viaje por Japón
Carlos con una familia viajera en una calle iluminada de Tokio por la noche
Cruce de peatones en Tokio bajo la lluvia con paraguas y tiendas iluminadas

Trabajando con japoneses

En paralelo al servicio de guía empecé a trabajar a media jornada (arubaito) en un restaurante japonés. No lo necesitaba económicamente. Lo hice porque quería ver desde dentro lo que ya había observado desde fuera: cómo se trabaja en Japón. Ver las dos cosas es lo que te da la medida real.
Y fue un shock. El perfeccionismo del que se habla es real, la cantidad de horas es real, la exigencia es real. Pero también lo es el cuidado con el que te tratan cuando formas parte del equipo. Mi nivel de japonés entonces era regulero y mis compañeros tenían una paciencia conmigo que todavía me desarma al recordarla. El jefe era exigente y muy serio con todos, pero conmigo tenía siempre un tono distinto, más amable. Guardo un recuerdo enorme de esa etapa, de las conversaciones entre servicios, de compartir mi cultura con ellos y recibir la suya a cambio, sentados todos en la cocina cuando cerrábamos el turno.

Inmersión cultural real

Cada persona vive Japón a su manera. El año que pasé allí coincidí con bastantes residentes extranjeros, casi todos estudiantes como yo, y cada uno hizo su camino. El mío se fue por otro lado. Recorrí en coche la región de Shikoku, un sitio que la mayoría de turistas no visitan nunca. Hice amigos japoneses con los que quedaba fuera del circuito estudiantil. Me integré en el restaurante. Y tuve una relación con una chica japonesa durante gran parte de esa etapa.

Con ella viví muy buenos momentos y choques culturales que no se aprenden en ningún libro. Entendí la importancia que los japoneses le dan al trabajo, a la imagen que se transmite a los demás, al saber estar en cada contexto, a la disciplina silenciosa que atraviesa todo. Interioricé de verdad el 頑張る (ganbaru), una idea que en español se traduce pobremente como “esforzarse” pero que allí significa algo más: dar lo máximo de ti en aquello que hagas, y si empiezas algo, llevarlo hasta el final con todo lo que tengas.

Gracias a esa relación pude vivir ceremonias familiares que no aparecen en ningún itinerario turístico. Cenas de fin de año con 年越しそば (toshikoshi soba), los fideos largos que se comen el 31 de diciembre porque su longitud simboliza una vida larga, y porque se cortan fácilmente con los dientes, como símbolo de dejar atrás las desgracias del año que termina. La visita al templo el 1 de enero (初詣, hatsumōde), la primera visita del año, una de las tradiciones más importantes del calendario japonés. Los amuletos que se llevaban del templo a casa para proteger el hogar durante el nuevo año.
Carlos sentado en unas escaleras con Tokyo Tower al fondo en Tokio
Entrada del Tokyo Game Show 2022 celebrado en Makuhari Messe
Carlos junto a la escultura de la cebolla gigante de la isla de Awaji
Pagoda y edificios del templo Kiyomizudera en Kioto al atardecer

2023 – 2026 Conexión Japón

Carlos en el mirador del Umeda Sky Building de Osaka
Carlos frente a la pagoda Yasaka en el barrio de Higashiyama, Kioto
Puente Sorihashi de Sumiyoshi Taisha en Osaka durante un día de lluvia

La vuelta y por qué existe esta web

Cuando se acabó mi visado de estudiante, un año después de aterrizar en Tokio, decidí volver a España y no renovar. No era un cierre, era una pausa. Necesitaba tiempo y distancia para digerir lo que había vivido, y necesitaba volver a mi gente. Japón no se iba a ninguna parte.

Al volver a España retomé mi vida y di un giro a mi carrera profesional. Me especialicé en marketing digital, que es a lo que me dedico actualmente. Pero Japón siguió ocupando el mismo espacio de siempre. Vuelvo cada año, sigo aprendiendo en cada viaje, mantengo el contacto con la gente que conocí allí y continúo estudiando el idioma.
En septiembre de 2026 estoy de nuevo en Japón, revisitando lugares, descubriendo otros nuevos y actualizando sobre el terreno muchas de las recomendaciones que formarán parte de esta web. Mi sitio es España, pero parte de mí se quedó en Japón y no tengo intención de soltar ese hilo.

Durante todo este tiempo la gente ha seguido escribiéndome con las mismas dudas: JR Pass, días en Kioto, dónde alojarse en Tokio, qué hacer en invierno o cuánto cuesta viajar. Al final entendí que tenía sentido reunir todo ese conocimiento en un lugar ordenado donde pudiera ayudar de verdad, y no a trozos por mensaje privado.

Tu Guía de Japón nace para ser ese puente entre las ganas de conocer Japón y vivirlo de verdad.
Aquí comparto lo que he aprendido después de años viajando, viviendo y regresando al país. Y si necesitas ayuda para dar el paso, puedo acompañarte en la planificación para que llegues a Japón con una ruta clara y hecha a tu medida.

¿Quieres que te ayude a planificar tu viaje a Japón?

Cuéntame qué viaje tienes en mente y vemos cómo puedo ayudarte a organizarlo con una ruta adaptada a tus días, intereses y forma de viajar.